En nuestros días resulta complicado medir con precisión el alcance real de los datos personales que circular por la red. Cada individuo conectado a Internet deja cada día, cada hora, cada minuto y cada segundo algún dato suyo. No hablamos solo de datos bancarios, nombre y apellidos, domicilio, correo electrónico o cualquier dato de carácter personal, sino también aquellos datos de navegación, por ejemplo, nuestras búsquedas en Google, Bing o Yahoo, el tiempo que pasamos viendo vídeos en YouTube y de que género, por ejemplo. Toda esta información se la facilitamos a los principales proveedores de servicios en la red y lo hemos hecho “conscientemente”, entre comillas porque 1 de cada 100 personas lee las condiciones de uso, políticas de privacidad y otra información legal sobre el tratamiento de nuestros datos de carácter personal.

El tratamiento a gran escala o BigData

Queríamos hablar sobre la injusticia del Big Data a raíz de las recientes declaraciones de varios expertos en materia de Big Data y tecnología, como Kate Crawford de la Universidad de Nueva York o Deirdre Mulligan de la Universidad de California. Aunque sean recientes, fueron reiteradas hace tiempo y sus advertencias no se tomaron en cuenta.

Estas profesionales, entre otros , han hablado sobre la “injusticia del Big Data”. Este tratamiento a gran escala se basa en el uso de unos algoritmos que no son éticos ni capaces de tomar decisiones por su propia cuenta, por ahora, pues la tecnología no está tan avanzada y, esperemos, que nunca llegue el avance a poder tomar esta clase de decisiones por sí mismos, ya que tendríamos que hacer frente a un grave problema y Terminator dejaría de ser una simple película de ciencia ficción. Estos algoritmos recogen información que, tras ser recopilada y filtrada, generan supuestos perfiles de personas. Puede resultar algo complicado entender el Big Data, pero a continuación expondremos un ejemplo práctico para que se entienda la elaboración de perfiles o supuestos perfiles.

Un ejemplo de Big Data

Imaginemos que un día estamos navegando por Internet y acabamos viendo vídeos de coches en la plataforma YouTube. Enlazando, terminamos por ver carreras callejeras. Pasado un tiempo, por casualidades de la vida, decidimos cambiar nuestra compañía de seguros de automóvil. Somos unos conductores excelentes, sin tener partes en 15 años de carnet, ni un accidente, ni una multa. De repente nos encontramos con que la póliza  más barata para un seguro a terceros básicos, asciende a la misma cantidad que uno a todo riesgo. Bien, si no hubiéramos estado viendo vídeos de carreras callejeras quizás nos habría salido una ganga, pero ahora somos posibles candidatos a generar destrozos y a causar accidentes.

Sí, suena como algo extremo, pero es perfectamente posible y viable si las aseguradoras se dedican a recopilar esta información a través de las cookies que aceptamos cada vez que navegamos en Internet.

¿Hacia dónde vamos con el BigData?

Desde las elecciones de Estados Unidos que dieron la victoria electoral a Donald Trump, hasta nuestra reciente y nueva Ley Orgánica de Protección de Datos y garantía de los derechos digitales, estamos expuestos a esta nueva forma de tratar los datos. Queda tiempo para que los algoritmos utilizados por la tecnología puedan filtrar la información de manera coherente y no se generen perfiles  lejanos a la realidad. Sin embargo, tenemos que plantearnos si esto es necesario, si de verdad va a mejorar nuestra experiencia como usuarios y consumidores o va a mejorar la situación de los prestadores de servicios. El conflicto entre las necesidades y ambiciones de proveedores y derechos de consumidores, inevitablemente, está pendiendo de un hilo muy fino y las leyes, en cuanto a derechos de las personas, no parece tener un futuro muy prometedor. Veremos.